Encontrar nuestro camino - Trouver notre voie - Find our path
Español
Como ya he mencionado en otras publicaciones, cada uno de nosotros tiene su propio camino. Cada persona tiene una manera diferente de vivir, de crecer, de tomar decisiones y de darle sentido a su vida. No existe una única forma correcta de hacerlo.
Pero hoy quiero abordar esta idea desde otra perspectiva: ¿cómo encontramos ese camino que realmente nos pertenece? Y, una vez que lo encontramos, cómo nos permitimos vivirlo plenamente?
Encontrar nuestro camino —y, especialmente, nuestra vocación— no es necesariamente algo lineal. Puede aparecer, desaparecer, transformarse, cuestionarse y volver a surgir. Algunas personas saben desde muy pequeñas qué quieren hacer con sus vidas. Otras necesitan años para descubrirlo. Y otras cambian de dirección varias veces. Y está bien.
A medida que crecemos, también cambiamos nosotros. Lo que queremos a los 18 años puede no ser lo mismo que queremos a los 25, a los 35 o a los 50. Nos vamos conociendo a través de nuestras experiencias, de nuestras relaciones, de nuestros errores, de nuestras decisiones y también de aquello que dejamos atrás.
Lo único constante es el cambio. Y aprender a crecer con él también forma parte de encontrar nuestro camino.
Sin embargo, vivimos en una sociedad que parece esperar que tengamos las respuestas muy pronto. A los 18 años, se supone que debemos saber qué vamos a estudiar, qué profesión queremos ejercer y, de alguna manera, qué queremos hacer con nuestra vida. Y si no lo sabemos, aparece rápidamente la sensación de que vamos tarde. Pero, ¿en base a qué?
A los 18 años, apenas estamos abriendo nuestras alas. Para muchas personas, es precisamente el momento en el que empiezan a descubrir quiénes son fuera de su familia, qué desean, qué les interesa y qué significa para ellas ser adultas. Entonces, ¿cómo podemos exigirnos saber exactamente qué queremos si apenas estamos empezando a vivir?
Algunas personas deciden tomarse un año sabático para explorar, viajar, trabajar o simplemente tener un poco más de tiempo para pensar. Y, sin embargo, muchas veces se considera que están “perdiendo el tiempo”.
Pero también podemos sentir que hemos perdido el tiempo cuando elegimos una carrera que no nos gusta. O cuando terminamos nuestros estudios y nos damos cuenta de que no queremos trabajar en ese ámbito. Incluso podemos permanecer durante años en una profesión que ya no nos representa porque pensamos: “Es lo que conozco. Ya he invertido demasiado tiempo en esto. ¿Cómo voy a empezar de nuevo?” Como si cambiar de dirección fuera un fracaso. Como si fuera preferible pasar años viviendo una vida que ya no nos gusta antes que atrevernos a construir una vida que tenga más sentido para quienes somos hoy.
Y lo mismo ocurre cuando queremos empezar de nuevo a los 30, 40 o 50 años. De repente, parece que somos “demasiado mayores”. Como si hubiera una edad límite para reinventarnos, para aprender algo nuevo, para descubrir otra vocación o para preguntarnos qué queremos realmente. Pero quizá deberíamos preguntarnos otra cosa: ¿Qué da más miedo: empezar de nuevo o pasar el resto de nuestra vida en un lugar que ya no nos pertenece?
Hace unos días, la tía de una amiga me hizo una reflexión... Me dijo que quizá necesitaba volver a conectarme conmigo misma y permitirme estar abierta a lo que la vida pudiera tener preparado para mí; incluso a aquello que fuera más grande de lo que yo podía imaginar. Eso me hizo pensar en cuánto podemos llegar a limitarnos por miedo. Miedo a equivocarnos. Miedo a perder el tiempo. Miedo a decepcionar a los demás. Miedo a empezar de nuevo. Miedo a no estar a la altura. Miedo a elegir algo diferente a lo que se esperaba de nosotros. Y, a veces, mientras intentamos controlar tanto nuestro camino, terminamos cerrándonos a posibilidades que ni siquiera habíamos considerado.
Quizá encontrar nuestro camino no consiste en descubrir de una vez y para siempre cuál es “nuestra misión de vida”. Quizá consiste más bien en reconectarnos con nosotros mismos, escucharnos, cuestionarnos y permitirnos reenfocarnos cada vez que sea necesario. Preguntarnos: ¿Quién soy hoy? ¿Qué me interesa? ¿Qué necesito? ¿Qué me hace sentir vivo? ¿Qué ya no quiero? ¿Qué posibilidades tengo delante? ¿Qué pequeño paso puedo dar? Y a partir de ahí, avanzar.
No podemos controlar todo lo que la vida nos traerá. Pero sí podemos intentar estar disponibles para reconocer las oportunidades cuando aparezcan y tomar decisiones que estén cada vez más alineadas con quienes somos.
Por supuesto, no todos partimos del mismo lugar. Hablar de encontrar nuestro camino también implica reconocer que existen desigualdades sociales, económicas, familiares y culturales que hacen que algunas personas tengan muchas más posibilidades de explorar, equivocarse y volver a empezar que otras. Por eso, la pregunta no debería ser únicamente “¿qué quieres hacer con tu vida?”, sino también: ¿Qué necesitas para poder acercarte a esa vida? ¿Qué recursos tienes? ¿Qué obstáculos existen? ¿Y cómo podemos ayudarnos —y ayudar a otros— a crear más oportunidades?
Porque encontrar nuestro camino también puede ser un privilegio. Y reconocerlo no significa renunciar a nuestros sueños, sino preguntarnos cómo podemos construir caminos más accesibles para nosotros y para los demás. Quizá no necesitamos tener toda nuestra vida resuelta. Quizá solo necesitamos atrevernos a dar el siguiente paso. A reconectar. A cuestionar. A cambiar de dirección cuando sea necesario. A dejar espacio para lo inesperado. Y, sobre todo, a recordar que nuestra vida no deja de ser nuestra simplemente porque todavía no sepamos exactamente hacia dónde vamos.
Tal vez el camino no se encuentra de una vez.
Tal vez se construye mientras caminamos.
Français
Comme je l’ai déjà mentionné dans d’autres publications, chacun d’entre nous a son propre chemin. Chaque personne a une manière différente de vivre, de grandir, de prendre des décisions et de donner du sens à sa vie. Il n’existe pas une seule bonne manière de le faire.
Mais aujourd’hui, j’aimerais aborder cette idée sous un autre angle : comment trouver ce chemin qui nous appartient réellement ? Et, une fois que nous l’avons trouvé, comment nous permettre de le vivre pleinement ?
Trouver notre chemin — et notamment notre vocation — n’est pas nécessairement quelque chose de linéaire. Il peut apparaître, disparaître, se transformer, être remis en question puis réapparaître. Certaines personnes savent depuis leur plus jeune âge ce qu’elles veulent faire de leur vie. D’autres ont besoin de plusieurs années pour le découvrir. Et d’autres encore changent de direction plusieurs fois. Et c’est très bien ainsi.
À mesure que nous grandissons, nous changeons nous aussi. Ce que nous voulons à 18 ans n’est pas forcément ce que nous voulons à 25, 35 ou 50 ans. Nous apprenons à nous connaître à travers nos expériences, nos relations, nos erreurs, nos décisions, mais aussi à travers ce que nous laissons derrière nous. La seule constante, c’est le changement. Et apprendre à grandir avec lui fait aussi partie du chemin.
Pourtant, nous vivons dans une société qui semble attendre de nous que nous ayons les réponses très tôt. À 18 ans, nous sommes censés savoir ce que nous allons étudier, quel métier nous voulons exercer et, d’une certaine manière, ce que nous voulons faire de notre vie. Et si nous ne le savons pas, le sentiment d’être déjà en retard apparaît rapidement. Mais sur quelle base ?
À 18 ans, nous sommes à peine en train de déployer nos ailes. Pour beaucoup de personnes, c’est précisément le moment où elles commencent à découvrir qui elles sont en dehors de leur famille, ce qu’elles désirent, ce qui les intéresse et ce que signifie pour elles devenir adultes. Alors, comment pouvons-nous exiger de nous-mêmes de savoir exactement ce que nous voulons alors que nous commençons à peine à vivre ?
Certaines personnes décident de prendre une année sabbatique pour explorer, voyager, travailler ou simplement avoir un peu plus de temps pour réfléchir. Et pourtant, cette décision est souvent perçue comme une « perte de temps ».
Mais nous pouvons aussi avoir le sentiment d’avoir perdu du temps lorsque nous choisissons des études qui ne nous plaisent pas. Ou lorsque nous terminons nos études et réalisons que nous ne voulons pas travailler dans ce domaine. Nous pouvons même rester pendant des années dans une profession qui ne nous correspond plus parce que nous pensons : « C’est ce que je connais. J’ai déjà investi tellement de temps là-dedans. Comment pourrais-je recommencer ? » Comme si changer de direction était un échec. Comme s’il était préférable de passer des années à vivre une vie qui ne nous plaît plus plutôt que d’oser construire une vie qui ait davantage de sens pour la personne que nous sommes aujourd’hui.
Il en va de même lorsque nous souhaitons recommencer à 30, 40 ou 50 ans. Soudain, nous semblons être « trop âgés ». Comme s’il existait une limite d’âge pour nous réinventer, apprendre quelque chose de nouveau, découvrir une autre vocation ou simplement nous demander ce que nous voulons réellement. Mais peut-être devrions-nous nous poser une autre question : Qu’est-ce qui fait le plus peur : recommencer ou passer le reste de notre vie dans un endroit qui ne nous appartient plus ?
Il y a quelques jours, la tante d’une amie m’a partagé une réflexion... Elle m’a dit que j’avais peut-être besoin de me reconnecter à moi-même et de me permettre d’être ouverte à ce que la vie pouvait avoir préparé pour moi ; même à ce qui pouvait être plus grand que ce que j’étais capable d’imaginer. Cela m’a fait réfléchir à la manière dont nous pouvons nous limiter à cause de nos peurs. La peur de nous tromper. La peur de perdre du temps. La peur de décevoir les autres. La peur de recommencer. La peur de ne pas être à la hauteur. La peur de choisir quelque chose de différent de ce que l’on attendait de nous.Et parfois, à force d’essayer de contrôler notre chemin, nous finissons par nous fermer à des possibilités que nous n’avions même pas envisagées.
Peut-être que trouver notre chemin ne consiste pas à découvrir une fois pour toutes quelle est « notre mission de vie ». Peut-être s’agit-il plutôt de nous reconnecter à nous-mêmes, de nous écouter, de nous questionner et de nous permettre de réorienter notre chemin chaque fois que cela est nécessaire. Nous demander : Qui suis-je aujourd’hui ? Qu’est-ce qui m’intéresse ? De quoi ai-je besoin ? Qu’est-ce qui me fait me sentir vivant·e ? Qu’est-ce que je ne veux plus ? Quelles possibilités ai-je devant moi ? Quel petit pas puis-je faire ? Et à partir de là, avancer.
Nous ne pouvons pas contrôler tout ce que la vie nous apportera. Mais nous pouvons essayer de rester disponibles pour reconnaître les opportunités lorsqu’elles se présentent et prendre des décisions de plus en plus alignées avec qui nous sommes.
Bien sûr, nous ne partons pas tous du même endroit. Parler de trouver notre chemin implique également de reconnaître qu’il existe des inégalités sociales, économiques, familiales et culturelles qui font que certaines personnes ont beaucoup plus de possibilités que d’autres d’explorer, de se tromper et de recommencer.
C’est pourquoi la question ne devrait pas être uniquement « Que veux-tu faire de ta vie ? », mais aussi : De quoi as-tu besoin pour pouvoir te rapprocher de cette vie ? De quelles ressources disposes-tu ? Quels obstacles rencontres-tu ? Et comment pouvons-nous nous aider — et aider les autres — à créer davantage de possibilités ?
Parce que trouver son chemin peut aussi être un privilège. Et le reconnaître ne signifie pas renoncer à nos rêves, mais nous demander comment construire des chemins plus accessibles pour nous-mêmes et pour les autres. Peut-être n’avons-nous pas besoin d’avoir toute notre vie résolue. Peut-être avons-nous simplement besoin d’oser faire le prochain pas. Nous reconnecter. Nous questionner. Changer de direction lorsque cela est nécessaire. Laisser une place à l’inattendu. Et surtout, nous rappeler que notre vie cesse pas d’être la nôtre simplement parce que nous ne savons pas encore exactement où nous allons.
Peut-être que le chemin ne se trouve pas une fois pour toutes.
Peut-être qu’il se construit au fur et à mesure que nous avançons.
English
As I have already mentioned in other posts, each of us has our own path. Every person has a different way of living, growing, making decisions and giving meaning to their life. There is no single “right” way to do it.
But today, I would like to approach this idea from another perspective: how do we find the path that truly belongs to us? And once we find it, how do we allow ourselves to live it fully?
Finding our path — and especially our vocation — is not necessarily a linear process. It can appear, disappear, transform, be questioned and then emerge again. Some people know from a very young age what they want to do with their lives. Others need years to discover it. And some change direction several times. And that is okay.
As we grow, we change too. What we want at 18 may not be what we want at 25, 35 or 50. We come to know ourselves through our experiences, our relationships, our mistakes, our decisions and also through the things we leave behind.
The only constant is change. And learning to grow with it is also part of finding our path.
Yet we live in a society that seems to expect us to have the answers very early on. At 18, we are supposed to know what we are going to study, what career we want to pursue and, somehow, what we want to do with our lives. And if we do not know, we can quickly start feeling like we are already falling behind. But based on what?
At 18, we are only just beginning to spread our wings. For many people, this is precisely the moment when they begin to discover who they are outside of their family, what they want, what interests them and what being an adult means to them. So how can we expect ourselves to know exactly what we want when we are only just beginning to live?
Some people choose to take a gap year to explore, travel, work or simply give themselves more time to think. And yet, this decision is often seen as “wasting time.”
But we can also feel that we have wasted time when we choose a degree we do not enjoy. Or when we finish our studies and realise that we do not want to work in that field. We may even remain for years in a profession that no longer represents who we are because we think: “It is what I know. I have already invested so much time in this. How could I possibly start again?” As if changing direction were a failure. As if it were better to spend years living a life we no longer enjoy than to dare to build a life that makes more sense for who we are today.
The same thing happens when we want to start again at 30, 40 or 50. Suddenly, we seem to be “too old”. As if there were an age limit for reinventing ourselves, learning something new, discovering another vocation or asking ourselves what we truly want. But perhaps we should ask ourselves a different question: What is more frightening: starting over or spending the rest of our lives somewhere that no longer feels like it belongs to us?
A few days ago, a friend’s aunt shared a thought with me... She told me that perhaps I needed to reconnect with myself and allow myself to be open to what life might have in store for me — even to something greater than what I was able to imagine. It made me think about how much we can limit ourselves because of fear. The fear of making a mistake. The fear of wasting time. The fear of disappointing others. The fear of starting over. The fear of not being good enough.The fear of choosing something different from what was expected of us.
And sometimes, while trying so hard to control our path, we end up closing ourselves off to possibilities we had never even considered.
Perhaps finding our path is not about discovering, once and for all, what our “life mission” is. Perhaps it is more about reconnecting with ourselves, listening to ourselves, questioning ourselves and allowing ourselves to redirect our path whenever necessary. Asking ourselves: Who am I today? What interests me? What do I need? What makes me feel alive? What do I no longer want? What possibilities are in front of me? What small step can I take? And from there, moving forward.
We cannot control everything that life will bring us. But we can try to remain open enough to recognise opportunities when they appear and make decisions that are increasingly aligned with who we are.
Of course, we do not all start from the same place. Talking about finding our path also means recognising that there are social, economic, family and cultural inequalities that give some people far more opportunities than others to explore, make mistakes and start again.
That is why the question should not only be “What do you want to do with your life?”, but also: What do you need in order to move closer to that life? What resources do you have? What obstacles are in your way? And how can we help ourselves — and help others — create more opportunities? Because finding our path can also be a privilege. And recognising this does not mean giving up on our dreams. It means asking ourselves how we can create more accessible paths for ourselves and for others. Perhaps we do not need to have our entire lives figured out. Perhaps we simply need to dare to take the next step. To reconnect. To question ourselves. To change direction when necessary. To leave room for the unexpected. And, above all, to remember that our life does not stop being ours simply because we do not yet know exactly where we are going.
Maybe the path is not something we find once and for all.
Maybe it is something we build as we walk.